Trabajar desde el cuerpo que tienes
No siempre hablo de esto. Pero forma parte de lo que soy y de por qué hago lo que hago, así que tiene sentido que esté aquí.
Tengo una enfermedad crónica. No voy a nombrarla porque no es lo más relevante. Lo que importa es lo que implica: días en que el cuerpo coopera y días en que no, periodos de alta productividad seguidos de momentos donde no hay energía para nada. Una relación con el trabajo que no puede ser lineal porque el cuerpo tampoco lo es.
Tardé más de lo que quisiera en aceptar que eso era mi realidad. Funcioné mucho tiempo intentando ignorarlo, haciendo como que si me esforzaba suficiente, si descansaba lo correcto, si optimizaba bien mi rutina, podría funcionar como cualquier otra persona. No es sostenible. Y tampoco es honesto.
Lo que sí aprendí, con el tiempo, es a trabajar de otra manera.
Aprendí a distinguir qué tareas puedo hacer con poca energía y cuáles necesitan que esté en mi mejor momento. A planear con margen, no al límite. A entender que descansar no es perder el tiempo, sino parte del proceso, aunque cueste creerlo cuando tienes demasiadas ideas y pocas horas buenas al día.
Sobre todo, aprendí que la productividad tiene muchas formas que no caben en el modelo de ocho horas continuas y rendimiento constante.
Eso cambió cómo pienso la tecnología.
Cuando diseño una herramienta o pienso en cómo debería funcionar un sistema, no puedo evitar pensar en la gente para la que el modelo estándar no funciona. Personas con cuerpos distintos, con energía que varía, con tiempos que no encajan en los moldes que la mayoría de los productos dan por sentados.
La accesibilidad, para mí, no es una feature opcional. Es la pregunta de si el sistema que estás construyendo asume que todas las personas funcionan igual. Y la respuesta casi siempre es que sí, y que eso excluye a mucha gente.
No tengo un manifiesto sobre esto. Solo la experiencia de estar del lado de quien el mundo tecnológico frecuentemente olvida diseñar, y las ganas de que eso cambie.