Lo que me enseñó enseñar
Recuerdo bien ese día. Era finales de 2023, acababa de terminar mis funciones como auxiliar de investigación en la facultad de ingeniería. Acababa de presentar el proyecto en el que había trabajado durante meses: un sistema de gestión de inventarios para el Banco de Alimentos de Barranquilla, para reducir pérdidas y mejorar la logística de distribución. Algo pequeño con impacto real, una contribución al ODS de hambre cero desde la ingeniería. Había sido un éxito. Estaba muy feliz.
Y justo ese día me llegó un mensaje citándome a una entrevista. Había aplicado a algo sin esperar mucho: una oportunidad para enseñarle a niños sobre tecnología. Se lo conté a la profesora con quien trabajaba. Su respuesta fue inmediata: “¿tú, profesora? No te veo en eso.”
No creo que lo dijera con mala intención. Se le salió. Pero se quedó conmigo. Y se convirtió en mi motivación más fuerte.
Al poco tiempo ya era profesora.
Nunca había enseñado, mucho menos a niños. Era territorio completamente nuevo. Tenía otro empleo, así que las clases eran de tarde noche (de seis a nueve, a veces hasta las diez) y los sábados. Llegaba cansada y me iba contenta. Esa es la mejor manera de describirlo.
Los niños son otra cosa. Creativos, auténticos, desinhibidos. Dicen lo que piensan sin filtro, sin miedo a quedar mal, sin el peso de lo que los demás puedan pensar. No tienen los límites autoimpuestos que vamos acumulando con los años. Cuando algo no tiene sentido, lo dicen. Cuando algo les gusta, también.
Enseñé desde las bases de la programación hasta videojuegos, páginas web y cómo usar la IA para crear proyectos propios. Pero la clase que más guardo con cariño era la última de todo el contenido: la clase de graduación. Cada estudiante mostraba al grupo entero (padres e invitados incluidos) todo lo que había construido durante semanas o meses.
Animaciones llenas de dibujos y fotos que habían tomado ellos mismos. Historias fantásticas o reales, contadas en código. Videojuegos sobre sus vidas, sus sueños, sus fantasías. Del tipo que te dan ganas de seguir jugando. Proyectos que todavía recuerdo con cariño.
Enseñé así durante más de dos años. En algún punto, el trabajo empezó a incluir algo distinto: formar a docentes e investigadores universitarios en el uso de IA.
El contraste fue brutal.
Los adultos tienen bordes. Fronteras autoimpuestas que los niños no tienen. No hablan mucho, dudan antes de preguntar, cuidan la imagen que proyectan. Y muchos dudaron de mí desde el principio, porque me ven muy joven. Eso también es parte del trabajo: ganarse la credibilidad en tiempo real, delante de personas con décadas de trayectoria.
Pero también ha sido una experiencia bonita. Hay algo muy particular en mostrarle a alguien que lleva años haciendo lo mismo, de la misma manera, que existe otra forma. Ver su cara cuando entienden que con esto pueden hacer su trabajo en menos tiempo, con más calidad, y que ese tiempo extra es para su familia, para lo que quieran. Para trabajar mejor, no más.
Eso no te lo da ningún paper.