Lo que no se negocia
En agosto dejé mi puesto como Directora de Tecnología.
No voy a nombrar a nadie ni a hacer el recuento completo, porque no es lo que me interesa dejar escrito. Pero sí un detalle, porque fue el que ordenó todo lo demás: murió mi abuelo, y se esperaba que yo siguiera trabajando durante esos días.
El día que murió amanecí muy mal. Me dolía todo. Estaba lloviendo, y la lluvia siempre empeora los dolores. Entonces entró la llamada: había que llegar rápido al hospital, con mi abuela. Salté de la cama y el dolor no estaba. Se había ido completo.
Aguanté así todo ese día y todo el sepelio del día siguiente. Fuerte, entera, funcionando. Después explotó todo. Los dolores volvieron mucho peores que antes.
El cuerpo puede prestarte fuerzas que no tiene. Después las cobra.
Uno cree que este tipo de decisiones se toman en un momento de claridad. En mi caso fue al revés. La claridad llegó después, cuando ya no me quedaba energía para seguir explicándome por qué aguantaba.
Hay cosas que no se negocian. El duelo es una. La salud es otra. Y yo llevaba un buen rato negociando las dos.
Hace mucho que no descansaba de verdad. Entre el trabajo, a veces en varios lugares a la vez, y el estudio al mismo ritmo, se acumula un cansancio que no se quita durmiendo un fin de semana. Se sostiene un tiempo. Después deja de sostenerse.
Lo primero es el cuerpo. Ya escribí antes sobre lo que significa trabajar con una enfermedad crónica: días buenos, días malos, la necesidad de planear con margen en vez de al límite. Lo que no había entendido es lo fácil que es, en un cargo de dirección, gastar ese margen sin darte cuenta. Un puesto así se come primero lo que no se ve: el descanso, las horas buenas, la capacidad de decir “hoy no”. Quiero recuperarlas antes de que el costo sea otro.
Lo segundo es la investigación. Quiero apostar en serio por ese camino: publicar, buscar alianzas con centros de investigación, sostener una línea propia en vez de proyectos sueltos. Eso no se construye en los ratos libres. Necesita cabeza y continuidad, y las dos se me estaban yendo en otra parte.
Lo tercero es que vienen cosas. Hay proyectos en camino que me entusiasman de verdad, del tipo que quiero atender con la atención puesta y no con la que sobra al final del día. Uno de ellos es la crónica y el documental sobre mi abuelo. Las entrevistas siguen pendientes y la memoria de quienes lo conocieron se sigue dispersando. No quiero llegar tarde a eso también.
Y lo cuarto es que quiero emprender. No dirigir la empresa de otro: construir la mía, con las decisiones que yo tomaría. Incluidas las decisiones sobre cómo se trata a quien trabaja ahí.
No tengo una conclusión ordenada. Solo la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de que el calendario de los próximos meses es mío.